La historia de Roberto Clemente sigue inspirando la admiración de todos

La historia de Roberto Clemente sigue inspirando la admiración de todos

Por Joe Posnanski MLB.com

31 de dic., 2017

Son pocos los casos en los que los videos de atletas del pasado se ven bien con el transcurrir de los años. Si usted ve una película de la leyenda de la NFL Jim Brown esquivando a defensores que le llegaban por la cintura, o de Babe Ruth haciendo swing con ese bate suyo que parecía el tronco de un árbol, es difícil hacer conexión con su grandeza. Hay un brillo y una magia en sus habilidades que no se trasladan bien al video, que no es capaz de viajar en el tiempo.

Pero de vez en cuando hay un atleta cuyas virtudes son tan fantásticas, tan puras y atemporales, que esas grabaciones viejas lucen tan modernas y frescas como si hubiesen sido ayer. Sólo miren al puertorriqueño Roberto Clemente lanzar una pelota.

Mírenlo lanzar en el documental “ Remembering Roberto“.

Luce bien como siempre se vio.

“Creo que es poco productivo, o incluso tonto, comparar a atletas de distintas generaciones”, dice David Maraniss, autor de la fantástica biografía, “Clemente: The Passion and Grace of Baseball’s Last Hero”. “Todo es diferente: la dieta, los entrenamientos, el equipamiento… las estadísticas ofrecen la ilusión de una forma justa para comparar y juzgar, pero eso no es más que una ilusión.

“Sobreponiéndose a la raza y al lenguaje, Clemente se convirtió en el líder indiscutible de los Piratas, algo que las estadísticas no son capaces de medir, al igual de que no son capaces de capturar la diversión y la belleza de observarlo corriendo hasta la pared para luego soltar un misil hacia la tercera base”.

Es imposible cansarse de contar la historia de Clemente. En principio, como dice Maraniss, “es la historia de un trabajador inmigrante, básicamente, negro y latino, el más grande de esa primera ola y alguien que luchó contra su propio orgullo y también contra la prensa deportiva blanca, pero que de alguna forma terminó siendo idolatrado”.

La prensa del béisbol fue muy dura con Clemente en esos primeros años. Y él fue duro con ellos. Algunas veces se burlaban de su inglés. Cuestionaron su entrega. Lo trataban diferente que a los jugadores blancos. Clemente les respondía, usando toda esa energía para crear ese torbellino de pelotero que fue.

Como escribió el columnista Roy McHugh una vez: “Para Roberto Clemente, la rabia es el combustible que lo hace moverse en su eterna búsqueda de la excelencia. Cuando la oferta baja, Clemente crea un poco más”.

Clemente sentía rabia en muchas ocasiones. En cierta forma, era como uno de sus héroes, Jackie Robinson. No estaba dispuesto a simplemente aceptar lo que él consideraba una injusticia. No era de los que se quedaban callados.

“Ustedes los periodistas son todos iguales”, le gritó una vez a un reportero. “Ustedes no saben absolutamente nada de mí”.

Con el tiempo, Clemente se fue ganando el respeto de los periodistas y de la prensa, no sólo con su gloriosa forma de jugar -ese brazo fantástico, las líneas, los 166 triples que bateó porque siempre salía corriendo de la caja de bateo- sino también porque suavizó su carácter. Maduró. A medida que pasaban los años y se estableció como estrella, todo el mundo lo vio convertirse en alguien más paciente, más comprensivo. Buscó la forma de entender formas de pensar con las que no estaba de acuerdo. Trabajó duro para ayudar a los más necesitados. Como dijo Maraniss, “Estaba creciendo como ser humano al final de su carrera, la trayectoria opuesta de la mayoría de los atletas”.

Después estuvo su muerte, trágica y heroica a la vez. A pocos meses de haber arribado a los 3,000 hits, quiso ir a Nicaragua para ayudar a las víctimas de un terrible terremoto, pero su avión se estrelló. Fue exaltado al Salón de la Fama inmediatamente, uno de apenas dos jugadores (Lou Gehrig es el otro) que no tuvieron que esperar los cinco años reglamentarios antes de la exaltación.

La repentina muerte de Clemente tratando de hacer el bien ha forjado su legado de héroe. Así es como debe ser. Cada año, el Premio Roberto Clemente se entrega al jugador que mejor representa al béisbol en términos de deportividad, trabajo comunitario y aporte al equipo. El apellido “Clemente” se ha vuelto sagrado. Pero también debería ser recordado como un jugador maravilloso, uno de los mejores de todos los tiempos.

No ha habido ninguno como él. Podemos hablar de su promedio vitalicio de .317, de sus cuatro coronas de bateo en la Liga Nacional, de los 12 premios Guante de Oro, de sus proezas en la Serie Mundial, pero en realidad sólo hace falta verlo tirar. Eso es suficiente para entender lo maravilloso que era.

En los días posteriores a la muerte de Clemente, un reportero de Pittsburgh llamado Phil Musick escribió algunas de mis palabras favoritas sobre él.

Musick escribió: “Cuando escuché que había muerto, deseé que alguna vez le hubiese dicho que yo pensaba que era una tremenda persona. Porque lo era. Pero ahora es muy tarde para decirle que había cosas que él hacía en el terreno que me hacían desear ser Shakespeare”.

Es un pensamiento maravilloso, esa idea de que ver a Clemente jugando era algo tan extraordinario que hizo que un periodista quisiese tener mejores palabras para describirlo.

Pero la razón por la que me gusta tanto esa cita tiene poco que ver con eso. La razón por la que me gusta es porque Musick fue el reportero al que Clemente le gritó en el clubhouse.

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